La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo En ese tiempo vino la guerra que por la unión de las cinco repúblicas de Centroamérica declaraba el presidente de Guatemala, Rufino Barrios. En Nicaragua había subido al poder después de Zabala, el doctor Cárdenas. Y anduve entre proclamas, discursos y fusilerías. Vino un gran terremoto. Estando yo de visita en una casa, oí un gran ruido y sentí palpitar la tierra bajo mis pies; instintivamente tomé en brazos a una niñita que estaba cerca de mí, hija del dueño de casa, y salí a la calle; segundos después la pared caía sobre el lugar en que estábamos. Retumbaba el enorme volcán huguesco, llovía cenizas. Se oscureció el sol, de modo que a las dos de la tarde se andaba por las calles con linternas. La gente rezaba, había un temor y una impresión medievales. Así me fui al puerto como entre una bruma. Tomé el vapor, un vapor alemán de la compañía «Kosmos», que se llamaba Uarda. Entré a mi camarote, me dormí. Era yo el único pasajero. Desperté horas después y fui sobre cubierta. A lo lejos quedaban las costas de mi tierra. Se veía sobre el país una nube negra. Me entró una gran tristeza. Quise comunicarme con la gente de a bordo, con mi precario inglés y no pude hacerme entender. Así empezaron largos días de navegación entre alemanes que no hablaban más lengua que la suya. El capitán me tomó cariño, me obsequiaba en la comida con buenos vinos del Rhin, cervezas teutónicas y refinados alcoholes. Y por el juego del dominó aprendí a contar en alemán: ein, zwei, drei, vier, fünf… Visité todos los puertos del Pacífico, entre los cuales aquellos donde no hay árboles ni agua, y los hoteleros, para distracción de sus huéspedes tienen en tablas, que colocan como biombos, pintados árboles verdes y aun llenos de flores y frutas.