La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo La impresión que guardo de Santiago, en aquel tiempo, se reduciría a lo siguiente: vivir de arenques y cerveza en una casa alemana para poder vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades aristocráticas. Terror de cólera que se presentó en la capital. Tardes maravillosas en el cerro de Santa Lucía. Crepúsculos inolvidables en el lago del parque Cousiño. Horas nocturnas con Alfredo Irrarrázabal, con Luis Orrego Luco o en el silencio del Palacio de La Moneda, en compañía de Pedro Balmaceda y del joven conde Fabio Sanminatelli, hijo del ministro de Italia.
Debo contar que una tarde, en un lunch, que allá llaman hacer «once», conocí al presidente Balmaceda. Después debía tratarle más detenidamente en Viña del Mar. Fui invitado a almorzar por él. Me colocó a su derecha, lo cual, para aquel hombre lleno de justo orgullo, era la suprema distinción. Era un almuerzo familiar. Asistía el canónigo doctor Florencio Fontecilla, que fue más tarde obispo de La Serena, y el general Orozimbo Bardosa, a la sazón ministro de la Guerra.