Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Las cercanías del río de la Plata parecen, por lo demás, particularmente sujetas a los fenómenos eléctricos. En 1793⁽³¹⁾, una de las más terribles tempestades de que quizá haya conservado recuerdo la historia, descargó sobre Buenos Aires; en treinta y siete lugares de la ciudad cayeron rayos y diecinueve personas quedaron muertas. Según los hechos que he podido entresacar de muchas relaciones de viajes, me inclino a creer que las tempestades son muy comunes en las desembocaduras de los grandes ríos. ¿Será debido esto a que la mezcla de cantidades considerables de agua dulce y de agua salada turba el equilibrio eléctrico? Durante nuestras accidentales visitas a esta parte de América del Sur, hemos oído decir que habían caído rayos en un buque, dos iglesias y una casa. Poco tiempo después observé una de esas iglesias y la casa que pertenecía a Mr. Hood, cónsul general de Inglaterra en Montevideo. Algunos de los efectos del rayo habían sido muy originales; el papel, en una anchura de un pie poco más o menos, a uno y otro lado de los alambres de los timbres, estaba ennegrecido por completo. Esos alambres habían quedado fundidos y, aun cuando la habitación tiene quince pies de altura, los glóbulos de metal en fusión, al caer encima de las sillas y de los muebles, los habían atravesado con cierto número de agujeritos. Una parte de la pared había sido reducida a pedazos, como si una mina cargada de pólvora hubiera hecho explosión en la casa, y los restos de esa pared habían sido proyectados con tal fuerza que habían penetrado en otra pared al otro lado de la habitación. El dorado marco de un espejo estaba ennegrecido por completo; el oro, sin duda, había sido volatilizado, porque un frasco que estaba en la chimenea junto al espejo había quedado recubierto de partículas metálicas brillantes tan perfectamente adheridas al cristal como el esmalte.