Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Algunos días después vi partir otro destacamento de esos soldados, semejantes a bandoleros, que iban a emprender una expedición contra una tribu de indios que se encontraba acampada cerca de Salinas Pequeñas. La presencia de esa tribu había sido traicionada por un cacique prisionero. El mensajero que trajo la orden de marcha era un hombre muy inteligente, y me dio algunos pormenores acerca del último encuentro, al que había asistido. Algunos indios hechos prisioneros habían indicado el campamento de una tribu que vivía en la orilla norte del Colorado. Para atacarla, se envió a doscientos soldados. Estos descubrieron a los indios, gracias a la nube de polvo que producían los cascos de sus caballos, porque habían levantado su campamento y se marchaban. El país era montañoso y salvaje, y debía estar muy lejos hacia el interior, puesto que la Cordillera estaba a la vista. Los indios –⁠hombres, mujeres y niños– componían un grupo de unas ciento diez personas, y casi todos fueron hechos prisioneros o muertos, porque los soldados no daban cuartel a hombre alguno. Los indios sienten en la actualidad un terror tan grande, que ya no resisten en masa; cada uno de ellos se apresura a huir aisladamente, abandonando mujeres y niños: pero, si se logra alcanzarles, se revuelven animados por la furia y se baten contra cualquier número de hombres que sea. Un indio agonizante asió con los dientes el pulgar de uno de los soldados que lo persiguieron, y se dejó arrancar un ojo antes que soltar la presa. Otro, gravemente herido, se fingió muerto teniendo cuidado de poner su cuchillo al alcance de su mano, a fin de poder asestar un último golpe. La persona que me daba estos informes añadió que él mismo persiguió a un indio que mientras le pedía gracia procuraba disponer sus boleadoras a fin de atacarle con ellas. "Pero de un sablazo le derribé del caballo, y echando pie a tierra con presteza, le corté la garganta con mi cuchillo". Sin disputa, esas escenas son horribles; pero ¡cuánto más horrible aún es el hecho cierto de que se da muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tener más de veinte años! Y cuando yo, en nombre de la humanidad, protesté, se me replicó; "Sin embargo, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!"


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