Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Pronto se me hace imposible continuar mi camino a través de los bosques; sigo avanzando, pues, a lo largo de un torrente. Al principio, apenas si puedo dar algunos pasos a causa de las cataratas y de los numerosos troncos de árbol caídos que cierran el paso; pero no tarda en ensancharse el cauce del torrente, pues las avenidas habían limpiado sus orillas. Avanzo lentamente durante una hora siguiendo las orillas rugosas y desgarradas del torrente, pero, la grandeza y la belleza del espectáculo compensan bien pronto todas las fatigas. La sombría profundidad del barranco concuerda bien con las pruebas de violencia que se ven por todas partes. A cada lado se divisan masas irregulares de peñascos y árboles desarraigados; otros árboles, erguidos aún, están podridos hasta el corazón y a punto de caer. Esa confusa masa de árboles en buen estado y de árboles muertos me recuerda las selvas tropicales, y sin embargo hay una profunda diferencia; en estas tristes soledades que visito actualmente, la muerte, en vez de la vida, parece reinar como soberana. Continúo mi marcha a lo largo del torrente hasta un lugar en el que un gran desprendimiento ha desgarrado un espacio bastante considerable en el flanco de la montaña; a partir de allí, la ascensión se hace menos fatigosa y pronto llego a una gran elevación para poder examinar a mi placer los bosques de los alrededores. Los árboles pertenecen a la misma especie: el Fagus betuloides; además, hay un pequeñísimo número de otras especies de Fagus. Este haya conserva sus hojas durante todo el año, pero su follaje presenta un color verde pardusco ligeramente teñido de amarillo, muy particular. El paisaje entero ofrece ese matiz; de ahí su aspecto sombrío y melancólico. Por otra parte, es muy raro que los rayos del Sol lo alegren un poco.


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