Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Un terremoto trastoca en un instante las más firmes ideas; la tierra, el emblema mismo de la solidez, ha temblado bajo nuestros pies como una costra muy delgada puesta sobre un fluido; un espacio de un segundo ha bastado para despertar en la imaginación un extraño sentimiento de inseguridad que horas de reflexión no hubieran podido producir. El viento, en el momento del choque, agitaba los árboles de la selva; y yo no hice sino sentir la tierra temblando bajo mis pies, sin observar ningún otro efecto. El capitán Fitz-Roy y algunos oficiales se encontraban entonces en la ciudad; allí el efecto fue mucho más notable, porque aunque las casas construidas de madera no fueron derribadas, no dejaron de ser violentamente sacudidas. Todos los habitantes, presa de loco terror, se precipitaron por las calles. Son estos espectáculos los que crean en cuantos han visto y sentido sus efectos ese indecible horror a los terremotos. En la selva el fenómeno es muy interesante, pero no produce ningún terror. El choque afecta al mar de curiosa manera; una anciana mujer que se hallaba en la playa me dijo que el agua se dirigió con gran rapidez hacia la costa, pero sin formar grandes olas, y subió rápidamente hasta el nivel de las grandes mareas; después recobró su nivel con la misma velocidad; la línea de arena mojada me confirmó lo que la anciana me dijo. Ese mismo movimiento rápido, pero tranquilo, de la marea se produjo hace algunos años en Chiloé durante un ligero terremoto y causó una gran alarma. Durante la velada hubo muchos choques pequeños que originaron en el puerto corrientes muy complicadas, algunas de ellas bastante violentas.


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