Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Vistos desde el mar, los alrededores de Porto-Praya ofrecen un aspecto desolado. Las pasadas erupciones volcánicas y el calor ardiente de un sol tropical han hecho al suelo, en casi todas partes, impropio para soportar la menor vegetación. El país se eleva en mesetas sucesivas, cortadas por algunas colinas que adoptan la forma de troncos de cono, y una cadena irregular de montañas más elevadas limita el horizonte. Contemplado el paisaje a través de la brumosa atmósfera peculiar de este clima, presenta gran interés, admitiendo sin embargo que un hombre que acaba de desembarcar y que atraviesa por primera vez un bosquecillo de cocoteros pueda pensar en otra cosa que en la dicha que experimenta. Se creerá, probablemente, con bastante razón por lo demás, que esta isla es muy insignificante; pero para quien jamás ha visto otra cosa que los paisajes de Inglaterra, el aspecto tan nuevo de unas tierras totalmente estériles, posee una especie de grandeza que una vegetación más abundante destruiría enteramente. Apenas si puede descubrirse una sola hoja verde en toda la extensión de esas inmensas llanuras de lava; sin embargo, rebaños de cabras y algunas vacas logran hallar su subsistencia en estos desolados lugares. Raramente llueve, excepto durante una pequeña parte del año, en que la lluvia cae entonces a torrentes, y en seguida una abundante vegetación invade cada grieta. Estas plantas, por lo demás, se agostan casi tan rápidamente como han nacido, y los animales se nutren con ese heno natural. Cuando estuvimos allí, hacía un año que no había llovido. En la época del descubrimiento de la isla, los alrededores de Porto-Praya estaban sombreados por numerosos árboles⁽¹⁾ cuya destrucción, ordenada con tanta indiferencia, ha causado aquí, como en Santa Elena y en algunas de las islas Canarias, una esterilidad casi absoluta. Algunos matorrales de arbustillos desprovistos de hojas ocupan la parte inferior de anchos y llanos valles que, durante los pocos días de la estación de las lluvias, se transforman en ríos. Muy pocos seres vivientes habitan esos valles; el pájaro más común es un martín pescador (Dacelo lagoensis), que se posa mansamente encima de las ramas del ricino y se lanza desde allí para cazar saltamontes y lagartos. Este pájaro es de vivos colores, pero no es tan bello como la especie europea; difiere también considerablemente de su congénere de Europa por su manera de volar, por sus costumbres y por su afición a los valles más secos, que son los que habita ordinariamente.


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