Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Mientras no sufren algún accidente, esos hombres parecen disfrutar de perfecta salud. Su cuerpo no es muy musculoso. Rara vez comen carne, pues sólo se les da una vez por semana, nunca más a menudo, y esa carne es charqui duro como piedra. Sabía yo que ese era un trabajo por completo voluntario, y, sin embargo, me sentía trastornado cuando veía en qué estado llegaban los apiris arriba de los pozos: el cuerpo doblado en dos, los brazos apoyados en las entalladuras, las piernas arqueadas, todos sus músculos distendidos, el sudor corriendo a chorros por su frente y su pecho, dilatadas las narices, las comisuras de la boca contraídas y la respiración anhelante. Cada vez que respiran, se oye una especie de grito articulado, "ay, ay", que termina con un silbido que les sale de lo más profundo de su pecho. Después de haber ido vacilantes hasta el lugar en donde se amontonaba el mineral, vaciaban su capacho; al cabo de dos o tres segundos su respiración era ya regular, se enjugaban la frente y volvían a descender rápidamente a la mina, sin que parecieran hallarse fatigados. Es ese, a mi juicio, un notable ejemplo de la cantidad de trabajo corporal que el apego a la rutinaria costumbre, porque no puede ser otra cosa, lleva a someter a un hombre a tal esfuerzo.