Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Pasamos nuestra primera noche en una casita de campo aislada. Allí me di cuenta de que yo era poseedor de dos o tres objetos y sobre todo de una brújula de bolsillo que excitaban el más extraordinario asombro. En cada casa se me pedía que exhibiera la brújula y que indicara, por medio de un mapa, la dirección en que se hallaban diferentes ciudades. Que yo, extranjero, pudiera indicar el camino (porque camino y dirección son dos vocablos sinónimos en este país llano) para dirigirse a tal o cual lugar en el que yo jamás había estado, era cosa que excitaba la admiración más intensa. En cierta casa, una joven, bastante enferma para guardar cama, hizo que me rogaran que fuera a enseñarle la famosa brújula. Y si su sorpresa fue grande, no lo fue menos la mía al encontrar tanto desconocimiento entre personas que poseen las cabezas de ganado por millares y estancias que tienen una gran extensión. Esta ignorancia no puede explicarse más que por lo raro de las visitas de los extraños a este país tan apartado. Se me pregunta si es la Tierra o el Sol lo que se mueve; si hace más calor o más frío en el norte; en dónde se encuentra España y gran número de preguntas análogas. Casi todos los habitantes tienen una vaga idea de que Inglaterra, Londres y América del Norte son tres nombres diferentes que se aplican al mismo lugar; los algo instruidos saben que Londres y América del Norte son países separados, situados muy cerca uno de otro ¡y que Inglaterra es una gran ciudad de Londres! Llevaba conmigo algunas cerillas de fósforo que encendí con los dientes, y el asombro no tuvo límites a la vista de un hombre que producía fuego con su dentadura, tanto que era costumbre reunir a toda la familia para asistir a ese espectáculo. Un día me ofrecieron un peso por uno solo de esos fósforos. En la población de Las Minas originó comentarios sinnúmero el hecho de ver que me lavaba la cara; uno de los principales negociantes me interrogó minuciosamente acerca de esa práctica singular; me preguntó también por qué a bordo usábamos barba, porque él había oído decir a nuestro guía que allí no nos afeitábamos. Ciertamente yo le era muy sospechoso. Quizá él había oído hablar de las abluciones recomendadas por la religión mahometana y, sabiéndome herético, deducía probablemente que todos los herejes son turcos. Es costumbre en este país pedir hospitalidad en la primera casa bien acondicionada que se encuentra. El asombro que causaban mi brújula y mis restantes baratijas me servía en cierta medida, porque, con eso y las largas historias que referían mis guías acerca de mi costumbre de romper piedras, de la facultad que yo poseía de distinguir las serpientes venenosas de las que no lo eran, de mi pasión por coleccionar insectos, etcétera, me encontraba en situación de poder pagarles su hospitalidad. Verdaderamente hablo como si me hubiera encontrado en plena África central; y ciertamente la Banda Oriental no se sentirá halagada por la comparación, pero tales eran mis impresiones en aquella época.