Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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El 19 de agosto abandonamos definitivamente las costas de Brasil, dando yo gracias a Dios por no tener que seguir visitando un país de esclavos. Aun hoy, cuando oigo un grito en la lejanía, me acuerdo de que pasando cerca de una casa de Pernambuco oí gemidos; en seguida se me ocurrió la idea de que estaban torturando a un esclavo, lo cual no dejaba de ser verdad, pero al mismo tiempo comprendí que me era imposible intervenir. En Río de Janeiro vivía yo enfrente de la casa de una anciana señora que castigaba a sus esclavos presionándoles los dedos. Ocupé una casa en que un joven mulato era a cada instante motejado y apaleado de modo tan inhumano, como no se emplearía con el irracional más inferior. Un día vi a un chicuelo, de unos seis a siete años, asestarle, antes de que pudiera interponerme, tres atroces puñetazos, porque me había presentado un vaso que no estaba limpio; el padre presenció la despiadada acometida sin atreverse a decir nada. Y estas crueldades ocurrían en una colonia de españoles, donde, según es fama, los esclavos son mejor tratados que en las de portugueses, ingleses o de los demás europeos. En Río de Janeiro vi a un negro, en la fuerza de la edad, no atreverse a levantar el brazo para desviar el golpe que creyó dirigido contra su rostro. He visto a un hombre, tipo de la benevolencia a los ojos del mundo, disponiéndose a separar para siempre a hombres, mujeres y niños que constituían numerosas familias. No haré ni siquiera alusión a las atrocidades que he oído referir y que no eran, ¡ay!, más que hechos ciertos; no habría mencionado siquiera los que acabo de referir si no hubiera visto muchas personas que, engañadas por la natural alegría del negro, hablan de la esclavitud como de un mal soportable. Esas personas, de ordinario, no han visitado más que las moradas de las clases elevadas de la sociedad, donde los esclavos domésticos son, por lo regular, bien tratados; no han tenido ocasión, como la he tenido yo, de vivir en medio de las clases inferiores. Esas personas, además, se dirigen normalmente a los esclavos para saber cuál es su situación, pero parecen olvidar que sería muy insensato el esclavo que no pensara que su respuesta llegará más pronto o más tarde a oídos de su amo, que castigaría su locuacidad.


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