La Celestina
La Celestina ne, si me falta mi conjuro! ¡Ea pues!: bien sé a
quien digo. ¡Ce, hermano, que se va todo a per-
der!
MELIBEA.- ¿Avn hablas entre dientes delante
mí, para acrecentar mi enojo e doblar tu pena?
¿Querrías condenar mi onestidad por dar vida
a vn loco? ¿Dexar a mí triste por alegrar a él e
lleuar tú el prouecho de mi perdición, el [179]
galardón de mí yerro? ¿Perderé destruyr la casa
e la honrra de mi padre por ganar la de vna
vieja maldita como tú? ¿Piensas que no tengo
sentidas tus pisadas e entendido tu dañado
mensaje? Pues yo te certifico que las albricias,
que de aquí saques, no sean sino estoruarte de
más ofender a Dios, dando fin a tus días. Res-
póndeme, traydora, ¿cómo osaste tanto fazer?
CELESTINA.- Tu temor, señora, tiene ocupa-
da mi desculpa. Mi inocencia me da osadía, tu
presencia me turba en verla yrada e lo que más
siento e me pena es recibir enojo sin razón nin-
guna. Por Dios, señora, que me dexes concluyr
mi dicho, que ni él quedará culpado ni yo con-
denada. E verás cómo es todo más seruicio de
Dios, que passos deshonestos; más para dar
salud al enfermo, que para dañar la fama al
médico. Si pensara, señora, que tan de ligero
hauías de conjecturar de lo passado nocibles