La Celestina
La Celestina Troya e avn otras más brauas he yo amansado!
Ninguna tempestad mucho dura.
MELIBEA.- ¿Qué dizes, enemiga? Fabla, que
te pueda oyr. ¿Tienes desculpa alguna para
satisfazer mi enojo e escusar tu yerro e osadÃa?
CELESTINA.- Mientras viuiere tu yra, más
dañará mi descargo. Que estás muy rigurosa e
no me marauillo: que la sangre nueua poca
calor ha menester para heruir.
MELIBEA.- ¿Poca calor? ¿Poco lo puedes lla-
mar, pues quedaste tú viua e yo quexosa sobre
tan gran atreuimiento? ¿Qué palabra podÃas tú
querer para esse tal hombre, que a mà bien me
estuuiesse? Responde, pues dizes que no has
concluydo: ¡quiça pagarás lo passado!
CELESTINA.- Vna oración, señora, que le
dixeron que sabÃas de sancta Polonia para el
dolor de las muelas. Assà mismo tu cordón, que
es fama que ha tocado todas las reliquias, que
ay en Roma e Jerusalem. Aquel cauallero, que
dixe, pena e muere dellas. Esta fue mi venida.
Pero, pues en mi dicha estaua tu ayrada res-
puesta, padézcase él su dolor, en pago de bus-
car tan desdichada mensajera. Que, pues en tu
mucha [182] virtud me faltó piedad, también
me faltará agua, si a la mar me embiara. Pero ya
sabes que el deleyte de la vengança dura vn momen-