La Celestina

La Celestina

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to y el de la misericordia para siempre.

MELIBEA.- Si esso querías, ¿por qué luego no

me lo espresaste? ¿Por qué me lo dixiste en tan

pocas palabras?

CELESTINA.- Señora, porque mi limpio mo-

tiuo me hizo creer que, avnque en menos lo

propusiera, no se hauía de sospechar mal. Que,

si faltó el deuido preámbulo, fue porque la ver-

dad no es necessario abundar de muchas colo-

res. Compassión de su dolor, confiança de tu

magnificencia ahogaron en mi boca al principio

la espresión de la causa. E pues conosces, seño-

ra, que el dolor turba, la turbación desmanda e

altera la lengua, la qual hauía de estar siempre

atada con el seso, ¡por Dios!, que no me culpes.

E si el otro yerro ha fecho, no redunde en mi

daño, pues no tengo otra culpa, sino ser mensa-

jera [183] del culpado. No quiebre la soga por lo

más delgado. No seas la telaraña, que no mues-

tra su fuerça sino contra los flacos animales. No

paguen justos por peccadores. Imita la diuina

justicia, que dixo: El ánima que pecare, aquella

misma muera; a la humana, que jamás condena

al padre por el delicto del hijo ni al hijo por el

del padre. Ni es, señora, razón que su atreui-

miento acarree mi perdición. Avnque, según su


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