La Celestina

La Celestina

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merecimiento, no ternía en mucho que fuese él

el delinquente e yo la condemnada. Que no es

otro mi oficio, sino seruir a los semejantes: de-

sto biuo e desto me arreo. Nunca fue mi volun-

tad enojar a vnos por agradar a otros, avnque

ayan dicho a tu merced en mí absencia otra

cosa. Al fin, señora, a la firme verdad el viento

del vulgo, no la empece. Vna sola soy en este

limpio trato. En toda la ciudad [184] pocos tengo

descontentos. Con todos cumplo, los que algo me

mandan, como si touiesse veynte pies e otras tantas

manos.

MELIBEA.- No me marauillo, que vn solo maes-

tro de vicios dizen que basta para corromper vn gran

pueblo. Por cierto, tantos e tales loores me han

dicho de tus falsas mañas, que no sé si crea que

pedías oración.

CELESTINA.- Nunca yo la reze e si la rezare

no sea oyda, si otra cosa de mí se saque, avnque

mill tormentos me diessen.

MELIBEA.- Mi passada alteración me impide

a reyr de tu desculpa. Que bien sé que ni jura-

mento ni tormento te torcerá a dezir verdad,

que no es en tu mano.

CELESTINA.- Eres mi señora. Téngote de ca-

llar, hete yo de seruir, hasme tú de mandar. Tu

mala palabra será víspera de vna saya.


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