La Celestina
La Celestina que mouía los árboles e piedras con su canto.
Siendo este nascido no alabaran a Orfeo. Mirá,
señora, si vna [188] pobre vieja, como yo, si se
fallará dichosa en dar la vida a quien tales gra-
cias tiene. Ninguna muger le vee, que no alabe
a Dios, que assí le pintó. Pues, si le habla acaso,
no es más señora de sí, de lo que él ordena. E
pues tanta razón tengo, juzgá, señora, por bue-
no mi propósito, mis passos saludables e vazíos
de sospecha.
MELIBEA.- ¡O quanto me pesa con la falta de
mi paciencia! Porque siendo él ignorante e tu
ynocente, haués padescido las alteraciones de
[189] mi ayrada lengua. Pero la mucha razón
me relieua de culpa, la qual tu habla sospecho-
sa causó. En pago de tu buen sofrimiento, quie-
ro complir tu demanda e darte luego mi cor-
dón. E porque para escriuir la oración no haurá
tiempo sin que venga mi madre, si esto no bas-
tare, ven mañana por ella muy secretamente.
LUCRECIA. (Aparte).- ¡Ya, ya, perdida es mí
ama! ¿Secretamente quiere que venga Celesti-
na? ¡Fraude ay! ¡Más le querrá dar, que lo di-
cho!
MELIBEA.- ¿Qué dizes, Lucrecia?
LUCRECIA.- Señora, que baste lo dicho; que