La Celestina

La Celestina

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es tarde.

MELIBEA.- Pues, madre, no le des parte de lo

que passó a esse cauallero, porque no me tenga

por cruel o arrebatada o deshonesta.

LUCRECIA. (Aparte).- No miento yo, que

¡mal va este fecho!

CELESTINA.- Mucho me marauillo, señora

Melibea, de la dubda que tienes de mi secreto.

No temas, que todo lo sé sofrir e encubrir. Que

bien veo que tu mucha sospecha echó, como

suele, mis razones a la más triste parte. Yo voy

con tu cordón tan alegre, que se me figura que

está [190] diziéndole allá su coraçón la merced,

que nos hiziste e que lo tengo de hallar aliuia-

do.

MELIBEA.- Más haré por tu doliente, si me-

nester fuere, en pago de lo sofrido.

CELESTINA.- Más será menester e más harás

e avnque no se te agradezca.

MELIBEA.- ¿Qué dizes, madre, de agrades-

cer?

CELESTINA.- Digo, señora, que todos lo

agradescemos e seruiremos e todos quedamos

obligados. Que la paga más cierta es, quando

más la tienen de complir.

LUCRECIA.- ¡Trastrócame essas palabras!

CELESTINA.- ¡Hija Lucrecia! ¡Ce! Yrás a casa


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