La Celestina
La Celestina e darte he vna lexía, con que pares essos cave-
llos más que el oro. No lo digas a tu señora. E
avn darte he vnos poluos para quitarte esse
olor de la boca, que te huele vn poco, que en el
reyno no lo sabe fazer otra sino yo e no ay cosa
que peor en la muger parezca.
LUCRECIA.- ¡O! Dios te dé buena vejez, que
mas necessidad tenía de todo esso que de comer.
CELESTINA.- ¿Pues, porque murmuras contra
mí, [191] loquilla? Calla, que no sabes si me aurás
menester en cosa de más importancia. No prouoques
a yra a tu señora, más de lo que ella ha estado.
Déxame yr en paz.
MELIBEA.- ¿Qué le dizes, madre?
CELESTINA.- Señora, acá nos entendemos.
MELIBEA.- Dímelo, que me enojo, quando yo
presente se habla cosa de que no aya parte.
CELESTINA.- Señora, que te acuerde la ora-
ción, para que la mandes escriuir e que aprenda
de mí a tener mesura en el tiempo de tu yra, en
la qual yo vsé lo que se dize: que del ayrado es
de apartar por poco tiempo, del enemigo por
mucho. Pues tú, señora, tenías yra con lo que
sospechaste de mis palabras, no enemistad.
Porque, avnque fueranlas que tú pensauas, en
sí no eran malas: que cada día ay hombres pe-