La Celestina

La Celestina

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deste pleyto, que de quinze virgos, que renoua-

ras, ¡O malditas haldas, prolixas e largas, cómo

me estoruays de llegar adonde han de reposar

mis nueuas! ¡O buena fortuna, cómo ayudas a

los osados, e a los tímidos eres contraria! Nunca

huyendo huye la muerte al couarde. ¡O quantas

erraran en lo que yo he acertado! ¿Qué fizieran

en tan fuerte estrecho estas nueuas maestras de

mi oficio, sino responder algo a Melibea, por

donde se perdiera quanto yo con buen callar he

ganado? Por esto dizen quien las sabe las tañe e

que es más cierto [195] médico el esperimenta-

do que el letrado e la esperiencia e escarmiento

haze los hombres arteros e la vieja, como yo,

que alce sus haldas al passar del vado, como

maestra. ¡Ay cordón, cordón! Yo te faré traer

por fuerça, si viuo, a la que no quiso darme su

buena habla de grado.

SEMPRONIO.- O yo no veo bien o aquella es

Celestina. ¡Válala el diablo, haldear que trae!

Parlando viene entre dientes.

CELESTINA.- ¿De qué te santiguas, Sempro-

nio? Creo que en verme.

SEMPRONIO.- Yo te lo diré. La raleza de las

cosas es madre de la admiración; la admiración

concebida en los ojos deciende al ánimo por

ellos; el ánimo es forjado descubrillo por estas


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