La Celestina
La Celestina nes e esquiuas de Melibea. Todo su rigor traygo
conuertido en miel, su yra en mansedumbre, su
aceleramiento [208] en sosiego. ¿Pues, a qué
piensas que yua allá la vieja Celestina, a quien
tú, demás de su merecimiento, magníficamente
galardonaste, sino ablandar su saña, sofrir su
acidente, a ser escudo de tu absencia, a recebir
en mi manto los golpes, los desuíos, los menos-
precios, desdenes, que muestran aquellas en los
principios de sus requerimientos de amor, para
que sea después en mas tenida su dádiua? Que
a quien más quieren, peor hablan. E si assí no
fuesse, ninguna diferencia hauría entre las pú-
blicas, que aman, a las escondidas donzellas, si
todas dixesen sí a la entrada de su primer re-
querimiento, en viendo que de alguno eran
amadas. Las quales, avnque están abrasadas e
encendidas de viuos fuegos de amor, por su
honestidad muestran vn frío esterior, vn sose-
gado vulto, vn aplazible desuío, vn constante
ánimo e casto propósito, vnas palabras agras,
que la propia lengua se marauilla del gran so-
frimiento suyo, que la fazen forçosamente con-
fessar el contrario de lo que sienten. Assí que
para [209] que tú descanses e tengas reposo,
mientra te contare por estenso el processo de
mi habla e la causa que tuue para entrar, sabe