La Celestina
La Celestina que el fin de su razón e habla fue muy bueno
CALISTO.- Agora, señora, que me has dado
seguro, para que ose esperar todos los rigores
de la respuesta, di quanto mandares e como
quisieres; que yo estaré atento. Ya me reposa el
coraçón, ya descansa mi pensamiento, ya reci-
ben las venas e recobran su perdida sangre, ya
he perdido temor, ya tengo alegría. Subamos, si
mandas, arriba. En mi cámara me dirás por
estenso lo que aquí he sabido en suma.
CELESTINA.- Subamos, señor.
PÁRMENO.- ¡O sancta María! ¡Y qué rodeos
busca este loco por huyr de nosotros, para poder
llorar a su plazer con Celestina de gozo y por descu-
brirle mill secretos de su liuiano e desuariado apeti-
to, por preguntar y responder seys vezes cada cosa,
sin que esté presente quien le pueda dezir que es
prolixo! Pues mándote yo, desatinado, que tras ti
vamos.
CALISTO.- Mirá, señora, qué fablar trae Párme-
no, cómo se viene santiguando de oyr lo que has
hecho con tu gran diligencia. Espantado está, por mi
fe, señora Celestina. Otra vez se santigua. [210]
Sube, sube, sube y asiéntate, señora, que de rodi-
llas quiero escuchar tu suaue respuesta. Dime
luego la causa de tu entrada, qué fue.