La Celestina
La Celestina CALISTO.- ¡O gozo sin par! ¡O singular opor-
tunidad! ¡O oportuno tiempo! ¡O quien estuuie-
ra allí debaxo de tu manto, escuchando qué
hablaría sola aquella en quien Dios tan estre-
madas gracias puso!
CELESTINA.- ¿Debaxo de mi manto, dizes?
¡Ay mezquina! Que fueras visto por treynta
agujeros que tiene, si Dios no le mejora.
PÁRMENO.- Sálgome fuera, Sempronio. Ya
no digo nada; escúchatelo tú todo. Si este per-
dido de mi amo no midiesse con el pensamien-
to quantos pasos ay de aquí a casa de Melibea e
contemplasse en su gesto e considerasse cómo
estaría haviniendo el hilado, todo el sentido
puesto e ocupado en ella, él vería que mis con-
sejos [212] le eran más saludables, que estos
engaños de Celestina.
CALISTO.- ¿Qué es esto, moços? Estó yo
esenchando atento, que me va la vida; ¿voso-
tros susurrays, como soleys, por fazerme mala
obra e enojo? Por mi amor, que calleys: morirés
de plazer con esta señora, según su buena dili-
gencia. Di, señora, ¿qué fiziste, quando te viste
sola?
CELESTINA.- Recebí, señor, tanta alteración
de plazer, que qualquiera que me viera, me lo
conociera en el rostro.