La Celestina
La Celestina de tu nombre le tocó, retorciendo el cuerpo, las ma-
nos enclauijadas, como quien se despereza, que pare-
cía que las despedaçaua, mirando con los ojos a todas
partes, acoceando con los pies el suelo duro. E yo a
todo esto arrinconada, encogida, callando, muy go-
zosa con su ferocidad. Mientra más vasqueaua, más
yo me alegraua, porque más cerca estaua el rendirse
e su cayda. Pero entre tanto que gastaua aquel es-
pumajoso almazén su yra, yo no dexaua mis pensa-
mientos estar vagos ni ociosos, de manera que toue
tiempo para saluar lo dicho.
CALISTO.- Esso me di, señora madre. Que yo
he rebuelto en mi juyzio, mientra te escucho e
no he fallado desculpa que buena fuesse ni co-
nuiniente, con que lo dicho se cubriesse ni colo-
rasse, sin quedar terrible sospecha de tu de-
manda. Porque conozca tu mucho saber, que en
todo me pareces más que muger: que como su
respuesta tú pronosticaste, proueyste con tiem-
po tu réplica. ¿Qué más hazía aquella Tusca
Adeleta, [215] cuya fama, siendo tú viua, se
perdiera? La qual tres días ante de su fin pre-
nunció la muerte de su viejo marido e de dos
fijos que tenía. Ya creo lo que dizes, que el gé-
nero flaco de las hembras es más apto para las
prestas cautelas, que el de los varones.