La Celestina
La Celestina CELESTINA.-¿Qué, señor? Dixe que tu pena
era mal de muelas e que la palabra, que della
quería, era vna oración, que ella sabía, muy
deuota, para ellas.
CALISTO.- ¡O marauillosa astucia! ¡O singu-
lar muger en su oficio! ¡O cautelosa hembra! ¡O
melezina presta! ¡O discreta en mensajes! ¿Qual
humano seso bastara a pensar tan alta manera
de remedio? De cierto creo, si nuestra edad
[216] alcançara aquellos passados Eneas e Dido,
no trabajara tanto Venus para atraer a su fijo el
amor de Elisa, haziendo tomar a Cupido Ascá-
nica forma, para la engañar; antes por euitar
prolixidad, pusiera a ti por medianera. Agora
doy por bienempleada mi muerte, puesta en
tales manos, e creeré que, sí mi desseo no
houiere efeto, qual querría, que no se pudo
obrar más, según natura, en mi salud. ¿Qué os
parece, moços?¿Qué mas se pudiera pensar?
¿Ay tal muger nascida en el mundo?
CELESTINA.- Señor, no atajes mis razones;
déxame dezir, que se va haziendo noche. Ya
sabes que quien malhaze aborrece la claridad e,
yendo a mi casa, podré hauer algún malen-
cuentro.
CALISTO.- ¿Qué, qué? Sí, que hachas e pajes
ay, que te acompañen.