La Celestina

La Celestina

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PÁRMENO.- ¡Sí, sí, porque no fuercen a la

niña! [217] Tú yrás con ella, Sempronio, que ha

temor de los grillos, que cantan con lo escuro.

CALISTO.- ¿Dizes algo, hijo Pármeno?

PÁRMENO.- Señor, que yo e Sempronio será

bueno que la acompañemos hasta su casa, que

haze mucho escuro.

CALISTO.- Bien dicho es. Después será. Pro-

cede en tu habla e dime qué mas passaste. ¿Qué

respondió a la demanda de la oración?

CELESTINA.- Que la daría de su grado.

CALISTO.- ¿De su grado? ¡O Dios mío, qué

alto don!

CELESTINA.- Pues más le pedí.

CALISTO.- ¿Qué, mi vieja honrrada?

CELESTINA.- Vn cordón, que ella trae conti-

no ceñido, diziendo que era prouechoso para tu

mal, porque hauía tocado muchas reliquias.

CALISTO.- ¿Pues qué dixo?

CELESTINA.- ¡Dame albricias! Decírtelo he.

CALISTO.- ¡O!, por Dios, toma toda esta casa

e quanto en ella ay e dímelo o pide lo que que-

rrás.

CELESTINA.- Por vn manto, que tu des a la

vieja, te dará en tus manos el mesmo, que en su

cuerpo ella traya.

CALISTO.- ¿Qué dizes de manto? E saya e


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