La Celestina

La Celestina

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soladora! Déjame gozar con este mensajero de

mi gloria. ¡O lengua mía!, ¿por qué te impides

en otras razones, dexando de adorar presente la

excellencia de quien por ventura jamás verás en

tu poder? ¡O mis manos!, con qué atreuimiento,

con quán poco acatamiento teneys y [224] tra-

tays la triaca de mi llaga! Ya no podrán empe-

cer las yeruas, que aquel crudo caxquillo traya

embueltas en su aguda punta. Seguro soy, pues

quien dio la herida la cura. ¡O tú, señora, ale-

gría de las viejas mugeres, gozo de las moças,

descanso de los fatigados como yo! No me fa-

gas más penado con tu temor, que faze mi ver-

güença. Suelta la rienda a mi contemplación,

déxame salir por las calles con esta joya, porque

los que me vieren, sepan que no ay más bien-

andante hombre que yo.

SEMPRONIO.- No afistoles tu llaga cargán-

dola de más desseo. No es, señor, el solo cor-

dón del que pende tu remedio.

CALISTO.- Bien lo conozco; pero no tengo so-

frimiento para me abstener de adorar tan alta

empresa. [225]

CELESTINA.- ¿Empresa? Aquella es empre-

sa, que de grado es dada; pero ya sabes que lo

hizo por amor de Dios, para guarecer tus mue-

las, no por el tuyo, para cerrar tus llagas. Pero


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