La Celestina
La Celestina PÁRMENO.- Ea, mira, Sempronio, que te di-
go al oydo.
SEMPRONIO.- Dime, ¿qué dizes?
PÁRMENO.- Aquel atento escuchar de Celes-
tina da materia de alargar en su razón a nuestro
amo. Llégate a ella, dale del pie, hagámosle de
señas que no espere más; sino que se vaya. Que
no hay tan loco hombre nacido, que solo mucho
hable.
CALISTO.- ¿Gentil dizes, señora, que es Me-
libea? Paresce que lo dizes burlando. ¿Ay nas-
cida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro mejor
cuerpo? ¿Puédense pintar tales faciones, de-
chado de hermosura? Si oy fuera viua Elena,
por [227] quien tanta muerte houo de griegos e
troyanos, o la hermosa Pulicena, todas obedes-
cerían a esta señora por quien yo peno. Si ella
se hallara presente en aquel debate de la man-
çana con las tres diosas, nunca sobrenombre de
discordia le pusieran. Porque sin contrariar
ninguna, todas concedieran e vivieran confor-
mes en que la lleuara Melibea. Assí que se lla-
mara mançana de concordia. Pues quantas oy
son nascidas, que della tengan noticia, se mal-
dizen, querellan a Dios, porque no se acordó
dellas, quando a esta mi señora hizo. Consu-
men sus vidas, comen sus carnes con embidia,