La Celestina
La Celestina danles siempre crudos martirios, pensando con
artificio ygualar con la perfición, que sin trabajo
dotó a ella natura. Dellas, pelan sus cejas con
tenazicas e pegones e a cordelejos; dellas, bus-
can las doradas yeruas, rayzes, ramas e flores
para hazer lexías, con que sus cabellos semejas-
sen a los della, las caras martillando, enuistién-
dolas en diuersos matizes con vngüentos e
vnturas, aguas fuertes, posturas blancas e colo-
radas, que por evitar prolixidad no las cuento.
Pues la [228] que todo esto falló fecho, mirá si
merece de vn triste hombre como yo ser serui-
da.
CELESTINA.- Bien te entiendo, Sempronio.
Déxale, que él caerá de su asno. Ya acaba.
CALISTO.- En la que toda la natura se remiró
por la fazer perfeta. Que las gracias, que en
todas repartió, las juntó en ella. Allí hizieron
alarde quanto más acabadas pudieron allegar-
se, porque conociessen los que la viessen, quan-
ta era la grandeza de su pintor. Solo vn poco de
agua clara con vn ebúrneo peyne basta para
exceder a las nacidas en gentileza. Estas son sus
armas. Con estas mata e vence, con estas me
catiuó, con estas me tiene ligado e puesto en
dura cadena.
CELESTINA.- Calla e no te fatigues. Que más