La Celestina
La Celestina tú fazías; pero porque veya que le consejaua yo
lo cierto e me daua malas gracias. Pero de aquí
adelante demos tras él. Faz de las tuyas, que yo
callaré. Que ya tropecé en no te creer cerca des-
te negocio con él.
CELESTINA.- Cerca deste e de otros tropeça-
rás e caerás, mientra no tomares mis consejos,
que son de amiga verdadera.
PÁRMENO.- Agora doy por bienempleado el
tiempo, que siendo niño te seruí, pues tanto
fruto trae para la mayor edad. E rogaré a Dios
por el anima de mi padre, que tal tutriz me
dexó e de mi madre, que a tal muger me enco-
mendó.
CELESTINA.- No me la nombres, fijo, por
Dios, que se me hinchen los ojos de agua. ¿E
tuue yo en este mundo otra tal amiga? ¿Otra tal
compañera? ¿Tal aliuiadora de mis trabajos e
fatigas? ¿Quién suplía mis faltas? ¿Quién sabía
[238] mis secretos? ¿A quién descubría mi cora-
çón? ¿Quién era todo mi bien e descanso, sino
tu madre, más que mi hermana e comadre? ¡O
qué graciosa era! ¡O qué desembuelta, limpia,
varonil! Tan sin pena ni temor se andaua a me-
dia noche de cimenterio en cimenterio, buscan-
do aparejos para nuestro oficio, como de día. Ni
dexava christianos ni moros ni judíos, cuyos