La Celestina
La Celestina ja mi madre, pues las palabras que ella e tú de-
zíades eran todas vnas?
CELESTINA.- ¿Cómo? ¿E deso te marauillas?
¿No sabes que dize el refrán que mucho va de
Pedro [241] a Pedro? Aquella gracia de mi co-
madre no la alcançáuamos todas. ¿No as visto
en los oficios vnos buenos e otros mejores? Assí
era tu madre, que Dios aya, la prima de nuestro
oficio e por tal era de todo el mundo conocida e
querida, assí de caualleros como clérigos, casa-
dos, viejos, moços e niños. ¿Pues moças e don-
zellas? Assí rogauan a Dios por su vida, como
de sus mismos padres. Con todos tenía queha-
zer, con todos fablaua. Si salíamos por la calle,
quantos topauamos eran sus ahijados. Que fue
su principal oficio partera diez e seys años. Así
que, avnque tú no sabías sus secretos, por la
tierna edad que auías, agora es razón que los
sepas, pues ella es finada e tú hombre.
PÁRMENO.- Dime, señora, quando la justicia
te mandó prender, estando yo en tu casa, ¿te-
níades mucho conocimiento?
CELESTINA.- ¿Si teníamos me dizes? ¡Cómo
por burla! Juntas lo hizimos, juntas nos sintie-
ron, [242] juntas nos prendieron e acusaron,
juntas nos dieron la pena essa vez, que creo que
fue la primera. Pero muy pequeño eras tú. Yo