La Celestina
La Celestina nía gracia. Que en Dios e en mi conciencia, avn
en aquella escalera estaua e parecía que a todos
los debaxo no tenía en vna blanca, según su
meneo e presencia. Assí que los que algo son
como ella e saben e valen, son los que más pre-
sto yerran. Verás quien fue Virgilio e qué tanto
supo; mas [244] ya haurás oydo cómo estouo en
vn cesto colgado de vna torre, mirándole toda
Roma. Pero por eso no dejó de ser honrrado ni
perdió el nombre de Virgilio.
PÁRMENO.- Verdad es lo que dizes; pero es-
so no fue por justicia.
CELESTINA.- ¡Calla, bouo! Poco sabes de
achaque de yglesia e quánto es mejor por mano
de justicia, que de otra manera. Sabíalo mejor el
cura, que Dios aya, que, viniéndole a consolar,
dixo que la sancta Escriptura tenía que bie-
nauenturados eran los que padescían persecu-
ción por la justicia, que aquellos posseerían el
reyno de los cielos. Mira si es mucho passar
algo en este mundo por gozar de la gloria del
otro. E mas que, según todos dezían, a tuerto e
sin razón e [245] con falsos testigos e rezios
tormentos la hizieron aquella vez confessar lo
que no era. Pero con su buen esfuerço. E como
el coraçón abezado a sofrir haze las cosas más
leues de lo que son, todo lo tuuo en nada. Que