La Celestina

La Celestina

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señora, ¿qué buena venida es esta tan tarde? Ya

me desnudaua para acostar.

CELESTINA.- ¿Con las gallinas, hija? Así se

hará la hazienda. ¡Andar!, ¡passe! Otro es el que

ha [248] de llorar las necessidades, que no tú.

Yerua pasce quien lo cumple. Tal vida quien-

quiera se la quería.

AREUSA.- ¡Jesú! Quiérome tornar a vestir,

que he frío.

CELESTINA.- No harás, por mi vida; si no

éntrate en la cama, que desde allí hablaremos.

AREUSA.- Assí goze de mí, pues que lo he

bien menester, que me siento mala oy todo el

día. Assí que necessidad, más que vicio, me fizo

tomar con tiempo las sáuanas por faldetas.

CELESTINA.- Pues no estés asentada; acués-

tate e métete debaxo de la ropa, que paresces

serena.

AREUSA.- Bien me dizes, señora tía.

CELESTINA.- ¡Ay como huele toda la ropa en

bulléndote! ¡A osadas, que está todo a punto!

Siempre me pagué de tus cosas e hechos, de tu

limpieza e atauío. ¡Fresca que estás! ¡Bendígate

[249] Dios! ¡Qué sáuanas e colcha! ¡Qué almo-

hadas! ¡E qué blancura! Tal sea mi vejez, quál

todo me parece perla de oro. Verás si te quiere

bien quien te visita a tales horas. Déxame mi-


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