La Celestina
La Celestina rarte toda, a mi voluntad, que me huelgo.
AREUSA.- ¡Passo, madre, no llegues a mí,
que me fazes coxquillas e prouócasme a reyr e
la risa acreciéntame el dolor.
CELESTINA.- ¿Qué dolor, mis amores? ¿Búr-
laste, por mi vida, comigo?
AREUSA.- Mal gozo vea de mí, si burlo; sino
que ha quatro horas, que muero de la madre,
que la tengo sobida en los pechos, que me quie-
re sacar deste mundo. Que no soy tan vieja co-
mo piensas.
CELESTINA.- Pues dame lugar, tentaré. Que
avn algo sé yo deste mal por mi pecado, que
cada vna se tiene o ha tenido su madre e sus
çoçobras della.
AREUSA.- Más arriba la siento, sobre el es-
tómago.
CELESTINA.- ¡Bendígate Dios e señor Sant
Miguel, ángel! ¡E qué gorda e fresca que estás!
¡Qué [250] pechos e qué gentileza! Por hermosa
te tenía hasta agora, viendo lo que todos podí-
an ver; pero agora te digo que no ay en la cib-
dad tres cuerpos tales como el tuyo, en quanto
yo conozco. No paresce que hayas quinze años.
¡O quién fuera hombre e tanta parte alcançara
de ti para gozar tal vista! Por Dios, pecado ga-
nas en no dar parte destas gracias a todos los