La Celestina

La Celestina

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poco a poco la madre a su lugar. Pero otra cosa

hallaua yo siempre mejor que todas e ésta no te

quiero dezir, pues tan santa te me hazes. [252]

AREUSA.- ¿Qué, por mi vida, madre? Vesme

penada ¿e encúbresme la salud?

CELESTINA.- ¡Anda, que bien me entiendes,

no te hagas boua!

AREUSA.- ¡Ya!, ¡ya! Mala landre me mate, si

te entendía. ¿Pero qué quieres que haga? Sabes

que se partió ayer aquel mi amigo con su capi-

tán a la guerra. ¿Hauía de fazerle ruyndad?

CELESTINA.- ¡Verás e qué daño e qué gran

ruyndad!

AREUSA.- Por cierto, sí sería. Que me da to-

do lo que he menester, tiéneme honrrada, fauo-

réceme e trátame como si fuesse su señora.

CELESTINA.- Pero avnque todo esso sea,

mientra no parieres, nunca te faltará este mal e

dolor que agora, de lo qual él deue ser causa. E

si no crees en dolor, cree en color, e verás lo que vie-

ne de su sola compañía.

AREUSA.- No es sino mi mala dicha. Maldi-

ción mala, que mis padres me echaron. ¿Qué,

no está ya por prouar todo esso? Pero dexemos

esso, que es tarde e dime a qué fue tu buena

venida.


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