La Celestina
La Celestina AREUSA.- Bien tengo, señora, conoscimiento
cómo todas tus razones, estas e las passadas, se
endereçan en mi prouecho; pero, ¿cómo quieres
[254] que haga tal cosa, que tengo a quien dar
cuenta, como has oydo e, si soy sentida, ma-
tarme ha? Tengo vezinas embidiosas. Luego lo
dirán. Assí que, avnque no aya más mal de
perderle, será más que ganaré en agradar al
que me mandas.
CELESTINA.- Esso, que temes, yo lo provey
primero, que muy passo entramos.
AREUSA.- No lo digo por esta noche, sino
por otras muchas.
CELESTINA.- ¿Cómo? ¿E dessas eres? ¿Dessa
manera te tratas? Nunca tú harás casa con so-
brado. Absente le has miedo; ¿qué harías, si
estouiesse en la cibdad? En dicha me cabe, que
jamás cesso de dar consejo a bouos e todavía ay
quien yerre; pero no me marauillo, que es
grande el mundo e pocos los esperimentados.
¡Ay!, ¡ay!, hija, si viesses el saber de tu prima e
qué tanto le ha aprouechado mi criança e con-
sejos e qué gran maestra está. E avn ¡que no se
halla ella mal con mis castigos! Que vno en la
cama e otro en la puerta e otro, que sospira por
ella en su casa, se precia de tener. E con todos
cumple e a todos muestra buena cara e todos