La Celestina
La Celestina Del amor de Melibea.
PÁRMENO.- ¿No digo yo que troba?
CALISTO.- ¿Quién fabla en la sala? ¡Moços!
PÁRMENO.- Señor.
CALISTO.- ¿Es muy noche? ¿Es hora de acos-
tar?
PÁRMENO.- ¡Mas ya es, señor, tarde para
leuantar!
CALISTO.- ¿Qué dizes loco? ¿Toda la noche
es passada?
PÁRMENO.- E avn harta parte del día.
CALISTO.- Di, Sempronio, ¿miente este de-
suariado, que me haze creer que es de día?
SEMPRONIO.- Oluida, señor, vn poco a Me-
libea e verás la claridad. Que con la mucha, que
en su gesto contemplas, no puedes ver de en-
candelado, como perdiz con la calderuela.
CALISTO.- Agora lo creo, que tañen a missa.
Daca mis ropas, yré a la Madalena. Rogaré a
[20] Dios aderece e Celestina e ponga en cora-
çón a Melibea mi remedio o dé fin en breue a
mis tristes días.
SEMPRONIO.- No te fatigues tanto, no lo
quieras todo en vna hora. Que no es de discre-
tos desear con grande eficacia lo que se puede
tristemente acabar. Si tú pides que se concluya
en vn día lo que en vn año sería harto, no es