La Celestina
La Celestina mucha tu vida.
CALISTO.- ¿Quieres dezir que soy como el
moço del escudero gallego?
SEMPRONIO.- No mande Dios que tal cosa
yo diga, que eres mi señor. E demás desto, sé
que, como me galardonas el buen consejo, me
castigarías lo malhablado. Verdad es que nunca
es ygual la alabança del seruicio o buena habla,
que la reprehensión e pena de lo malhecho o
hablado.
CALISTO.- No sé quién te abezó tanta filoso-
fía, Sempronio.
SEMPRONIO.- Señor, no es todo blanco
aquello, que de negro no tiene semejança ni es
todo oro [21] quanto amarillo reluze. Tus acelera-
dos deseos, no medidos por razón, hazen pare-
cer claros mis consejos. Quisieras tú ayer que te
traxeran a la primera habla amanojada e em-
buelta en su cordón a Melibea, como si houie-
ras embiado por otra qualquiera mercaduría a
la plaça, en que no houiera más trabajo de lle-
gar e pagalla. Da, señor, aliuio al coraçón, que
en poco espacio de tiempo no cabe gran bie-
nauenturança. Vn solo golpe no derriba vn ro-
ble. Apercíbete con sofrimiento, porque la pro-
videncia es cosa loable e el apercibimiento re-
siste el fuerte combate.