La Celestina

La Celestina

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CALISTO.- Bien has dicho, si la qualidad de

mi mal lo consintiesse.

SEMPRONIO.- ¿Para qué, señor, es el seso, si

la voluntad priua a la razón?

CALISTO.- ¡O loco, loco! Dize el sano al do-

liente: Dios te dé salud. No quiero consejo ni

esperarte más razones, que más aviuas e en-

ciendes las flamas, que me consumen. Yo me

voy solo a missa e no tornaré a casa fasta que

me llameys, pidiéndome las albricias de mi

gozo con la buena venida de Celestina. Ni co-

meré hasta [22]entonce; avnque primero sean

los cauallos de Febo apacentados en aquellos

verdes prados, que suelen, quando han dado

fin a su jornada.

SEMPRONIO.- Dexa, señor, essos rodeos,

dexa essas poesías, que no es habla conueniente

la que a todos no es común, la que todos no

participan, la que pocos entienden. Di: avnque

se ponga el sol, e sabrán todos lo que dizes. E

come alguna conserua, con que tanto espacio

de tiempo te sostengas.

CALISTO.- Sempronio, mi fiel criado, mi

buen consejero, mi leal seruidor, sea como a ti

te paresce. Porque cierto tengo, según tu lim-

pieça de seruicio, quieres tanto mi vida como la

tuya.


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