La Celestina
La Celestina con tal que rebentasse en comiéndolo. ¿Hauía
yo de comer con esse maluado, que en mi cara
me ha porfiado que es más gentil su andrajo de
Melibea, que yo?
SEMPRONIO.- Calla, mi vida, que tú la com-
paraste. Toda comparación es odiosa: tú tienes
la culpa e no yo.
AREUSA.- Ven, hermana, a comer. No hagas
agora, esse plazer a estos locos porfiados; si no,
leuantarme he yo de la mesa.
ELICIA.- Necessidad de complazerte me haze
contentar a esse enemigo mío e vsar de virtud
con todos. [37]
SEMPRONIO.- ¡He!, ¡he!, ¡he!
ELICIA.- ¿De qué te ríes? ¡De mal cancre sea
comida essa boca desgraciada, enojosa!
CELESTINA.- No le respondas, hijo; si no,
nunca acabaremos. Entendamos en lo que faze
a nuestro caso. Dezidme, ¿cómo quedó Calisto?
¿Como lo dexastes? ¿Cómo os pudistes entra-
mos descabullir dél?
PÁRMENO.- Allá fue a la maldición, echando
fuego, desesperado, perdido, medio loco, a
missa a la Magdalena, a rogar a Dios que te dé
gracia, que puedas bien roer los huessos destos
pollos e protestando no boluer a casa hasta oyr
que eres venida con Melibea en tu arremango.