La Celestina
La Celestina gan seruicio de diez años. Denostadas, maltra-
tadas las traen, contino sojuzgadas, que hablar
delante dellas no osan. E quando veen cerca el
tiempo de la obligación de casallas, leuántanles
vn caramillo, que se echan con el moço o con el
hijo o pídenles celos del marido o que meten
hombres en casa o que hurtó la taça o perdió el
anillo; danles vn ciento de açotes e échanlas la
puerta fuera, las haldas en la cabeça, diziendo:
allá yrás, ladrona, puta, no destruyrás mi casa e
honrra. Assí que esperan galardón, sacan bal-
dón; esperan salir casadas, salen amenguadas,
esperan vestidos e joyas de boda, salen desnu-
das e denostadas. Estos son sus premios, estos
son sus beneficios e pagos. Oblíganseles a dar
marido, quítanles el vestido. La mejor honrra,
que en sus casas tienen, es andar hechas calleje-
ras, de dueña en dueña, con sus mensajes
acuestas. Nunca oyen su nombre propio de la
boca dellas; sino puta acá, puta acullá. ¿A dó
vas tiñosa? [44] ¿Qué heziste, vellaca? ¿Por qué
comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén,
puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, suzia?
¿Cómo dixiste esto, necia? ¿Quién perdió el
plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de ma-
nos, ladrona? A tu rufián lo aurás dado. Ven
acá, mala muger, la gallina hauada no paresce: