La Celestina

La Celestina

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pues búscala presto; si no, en la primera blanca

de tu soldada la contaré. E tras esto mill chapi-

nazos e pellizcos, palos e açotes. No ay quien

las sepa contentar, no quien pueda sofrillas. Su

plazer es dar bozes, su gloria es reñir. De lo

mejor fecho menos contentamiento muestran.

Por esto, madre, he quesido más viuir en mi

pequeña casa, esenta e señora, que no en sus

ricos palacios sojuzgada e catiua.

CELESTINA.- En tu seso has estado, bien sa-

bes lo que hazes. Que los sabios dizen: que vale

más [45] vna migaja de pan con paz, que toda

la casa llena de viandas con renzilla. Mas agora

cesse esta razón, que entra Lucrecia.

LUCRECIA.- Buena pro os haga, tía e la com-

pañía. Dios bendiga tanta gente e tan honrrada.

CELESTINA.- ¿Tanta, hija? ¿Por mucha has

esta? Bien parece que no me conosciste en mi

prosperidad, oy ha veynte años. ¡Ay, quien me

vido e quien me vee agora, no sé cómo no

quiebra su coraçón de dolor! Yo vi, mi amor a

esta mesa, donde agora están tus primas assen-

tadas, nueue moças de tus días, que la mayor

no passaua de deziocho años e ninguna hauía

menor de quatorze. Mundo es, passe, ande su

rueda, rodee sus alcaduzes, vnos llenos, otros

vazíos. La ley es de fortuna que ninguna cosa


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