La Celestina
La Celestina en vn ser mucho tiempo permanesce: su orden
es mudanças. No puedo dezir sin lágrimas la
mucha honrra, que entonces tenía; avnque por
mis pecados e mala dicha poco a poco ha veni-
do en [46] diminución. Como declinauan mis
días, assí se diminuya e menguaua mi proue-
cho. Prouerbio es antiguo, que quanto al mun-
do es o crece o descrece. Todo tiene sus límites,
todo tiene sus grados. Mi honrra llegó a la
cumbre, según quien yo era: de necessidad es
que desmengüe e abaxe. Cerca ando de mi fin.
En esto veo que me queda poca vida. Pero bien
sé que sobí para decender, florescí para secarme, gozé
para entristecerme, nascí para biuir, biuí para cre-
cer, crecí para enuejecer, enuejecí para morirme. E
pues esto antes de agora me consta, sofriré con me-
nos pena mi mal; avnque del todo no pueda despedir
el sentimiento, como sea de carne sentible formada.
LUCRECIA.- Trabajo tenías, madre, con tan-
tas moças, que es ganado muy trabajoso de
guardar.
CELESTINA.- ¿Trabajo, mi amor? Antes des-
canso e aliuio. Todas me obesdecían, todas me
honrrauan, de todas era acatada, ninguna salía
de mi querer, lo que yo dezía era lo bueno, a