La Celestina
La Celestina cada qual daua su cobro. No escogían más de lo
que yo les mandaua: coxo o tuerto o manco,
aquel hauían por sano, que más dinero me
daua. Mío era el prouecho, suyo el afán. Pues
seruidores, [47] ¿no tenía por su causa dellas?
Caualleros viejos e moços, abades de todas
dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En
entrando por la yglesia, vía derrocar bonetes en
mi honor, como si yo fuera vna duquesa. El que
menos auía que negociar comigo, por más ruyn
se tenía De media legua que me viessen,
dexauan las Horas. Vno a vno, dos a dos, vení-
an a donde yo estaua, a uer si mandaua algo, a
preguntarme cada vno por la suya. Que hom-
bre havía, que estando diziendo missa, en
viéndome entrar, se turbaua, que no fazía ni
dezía cosa a derechas. Vnos me llamauan seño-
ra, otros tía, otros enamorada, otros vieja hon-
rrada. Allí se concertauan sus venidas a mi ca-
sa, allí las ydas a la suya, allí se me ofrecían
dineros, allí promesas, allí otras dádiuas, be-
sando el cabo de mi manto e avn algunos en la
cara, por me tener más contenta. Agora hame
traydo la fortuna a tal estado, que me digas:
buena pro hagan las çapatas.
SEMPRONIO.- Espantados nos tienes con ta-