La Celestina
La Celestina les cosas como nos cuentas de essa religiosa
gente e benditas coronas. ¡Sí, que no serían to-
dos! [48]
CELESTINA.- No, hijo, ni Dios lo mande que
yo tal cosa leuante. Que muchos viejos deuotos
hauía con quien yo poco medraua e avn que no
me podían ver; pero creo que de embidia de los
otros que me hablauan. Como la clerezía era
grande, hauía de todos: vnos muy castos, otros
que tenían cargo de mantener a las de mi oficio.
E avn todavía creo que no faltan. E embiauan
sus escuderos e moços a que me acompañassen
e, apenas era llegada a mi casa, quando en-
trauan por mi puerta muchos pollos e gallinas,
ansarones, anadones, perdizes, tórtolas, perni-
les de tocino, tortas de trigo, lechones. Cada
qual, como lo recebía de aquellos diezmos de
Dios, assí lo venían luego a registrar, para que
comiese yo e aquellas sus deuotas. ¿Pues, vino?
¿No me sobraua de lo mejor que se beuía en la
ciudad, venido de diuersas partes, de Monuie-
dro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de Sant
Martín e de otros muchos lugares, e tantos que,
avnque tengo la diferencia de los gustos e sabor
en la boca, no tengo la diuersidad de sus tierras
en la memoria. Que harto es que vna vieja, co-
mo yo, en oliendo qualquiera vino, diga de