La Celestina
La Celestina Dios! A ti, que todos los atribulados llaman, los
apassionados piden remedio, los llagados me-
dicina; a ti que los cielos, mar e tierra con los
infernales centros obedecen; a ti, el qual todas
las cosas a los hombres sojuzgaste, humilmente
suplico des a mi herido coraçón sofrimiento e
paciencia, con que mi terrible passión pueda
dissimular. No se desdore aquella hoja de cas-
tidad, que tengo assentada sobre este amoroso
desseo, publicando ser otro mi dolor, que no el
que me atormenta. Pero, ¿cómo lo podré hazer,
lastimándome tan cruelmente el ponçoñoso
bocado, que la vista de su presencia de aquel
cauallero me dio? ¡O género femíneo, encogido
e frágile! ¿Por qué no fue también a las hembras
concedido poder descobrir su congoxoso e ar-
diente amor, como a los varones? Que ni Calis-
to biuiera quexoso ni yo penada.
LUCRECIA.- Tía, detente vn poquito cabo es-
ta [55] puerta. Entraré a uer con quien está
hablando mi señora. Entra, entra, que consigo
lo ha.
MELIBEA.- Lucrecia, echa essa antepuerta. ¡O
vieja sabia e honrrada, tú seas bienvenida!
¿Qué te parece, cómo ha querido mi dicha e la
fortuna ha rodeado que yo tuuiesse de tu saber