La Celestina

La Celestina

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necessidad, para que tan presto me houiesses

de pagar en la misma moneda el beneficio, que

por ti me fue demandado para esse gentilhom-

bre, que curauas con la virtud de mi cordón?

CELESTINA.- ¿Qué es, señora, tu mal, que

assí muestra las señas de su tormento en las

coloradas colores de tu gesto?

MELIBEA.- Madre mía, que comen este cora-

çón serpientes dentro de mi cuerpo.

CELESTINA.- Bien está. Assí lo quería yo. Tú

me pagarás, doña loca, la sobra de tu yra.

MELIBEA.- ¿Qué dizes? ¿Has sentido en

verme alguna causa, donde mi mal proceda?

CELESTINA.- No me as, señora, declarado la

calidad del mal. ¿Quieres que adeuine la causa?

[56] Lo que yo digo es que rescibo mucha pena

de ver triste tu graciosa presencia.

MELIBEA.- Vieja honrrada, alégramela tú,

que grandes nueuas me han dado de tu saber.

CELESTINA.- Señora, el sabidor solo es Dios;

pero, como para salud e remedio de las enfer-

medades fueron repartidas las gracias en las

gentes de hallar las melezinas, dellas por espe-

riencia, dellas por arte, dellas por natural ins-

tinto, alguna partezica alcançó a esta pobre vie-

ja, de la qual al presente podrás ser seruida.

MELIBEA.- ¡O qué gracioso e agradable me


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