La Celestina
La Celestina bre antigua cometemos cada día. La tercera, si
procede de algún cruel pensamiento, que asen-
tó en aquel lugar. E esto sabido, verás obrar mi
cura. Por ende cumple que al médico como al
confessor se hable toda verdad abiertamente.
MELIBEA.- Amiga Celestina, muger bien sa-
bia e maestra grande, mucho has abierto el ca-
mino, por donde mi mal te pueda especificar.
Por cierto, tú lo pides como muger bien esperta
en curar tales enfermedades. Mi mal es de cora-
çón, la ysquierda teta es su aposentamiento,
tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es
nueuamente nacido en mi cuerpo. Que no pen-
sé [58] jamás que podía dolor priuar el seso,
como este haze. Túrbame la cara, quítame el
comer, no puedo dormir, ningún género de risa
querría ver. La causa o pensamiento, que es la
final cosa por ti preguntada de mi mal, ésta no
sabré dezir. Porque ni muerte de debdo ni pér-
dida de temporales bienes ni sobresalto de vi-
sión ni sueño desuariado ni otra cosa puedo
sentir, que fuesse, saluo la alteración, que tú me
causaste con la demanda, que sospeché de par-
te de aquel cauallero Calisto, quando me pedis-
te la oración.
CELESTINA.- ¿Cómo, señora, tan mal hom-
bre es aquel? ¿Tan mal nombre es el suyo, que