La Celestina
La Celestina ser más fuerte de sofrir al herido la ardiente
trementina e los ásperos puntos, que lastiman
lo llagado e doblan la passión, que no la prime-
ra lisión, que dio sobre sano. Pues si tú quieres
ser sana e que te descubra la punta de mi sotil
aguja sin temor, haz para tus manos e pies vna
ligadura de sosiego, para tus ojos vna cobertura
de piedad, para tu lengua vn freno de silencio,
para tus oydos vnos algodones de sofrimiento e
paciencia, e verás obrar a la antigua maestra
destas llagas.
MELIBEA.- ¡O como me muero con tu dilatar!
Di, por Dios, lo que quisieres, haz lo que supie-
res, que no podrá ser tu remedio tan áspero,
que yguale con mi pena e tormento. Agora to-
que en mi honrra, agora dañe mi fama, agora
lastime mi cuerpo, avnque sea romper mis car-
nes [60] para sacar mi dolorido coraçón, te doy
mi fe ser segura e, si siento afluio, bien galar-
donada.
LUCRECIA.- El seso tiene perdido mi señora.
Gran mal es este. Catiuádola ha esta hechizera.
CELESTINA.- Nunca me ha de faltar vn dia-
blo acá e acullá: escapóme Dios de Pármeno,
tópome con Lucrecia.
MELIBEA.- ¿Qué dizes, amada maestra?
¿Que te fablaua essa moça?