La Celestina
La Celestina CELESTINA.- No le oy nada. Pero diga lo que
dixere, sabe que no ay cosa más contraria en las
grandes curas delante los animosos çurujanos, que
los flacos coraçones, los quales con su gran lástima,
con sus doloriosas hablas, con sus sentibles meneos, ponen temor al enfermo, fazen que desconfÃe de la
salud e al médico enojan e turban e la turbación
altera la mano, rige sin orden la aguja. Por donde se
puede conocer claro, que es muy necessario para
tu salud que no esté persona delante e assà que
la deues mandar salir. E tú, hija Lucrecia, per-
dona.
MELIBEA.- Salte fuera presto.
LUCRECIA.- ¡Ya!, ¡ya! ¡Todo es perdido! Ya
me salgo señora. [61]
CELESTINA.- También me da osadÃa tu gran
pena, como ver que con tu sospecha has ya tra-
gado alguna parte de mi cura; pero todavÃa es
necessario traer más clara melezina e más salu-
dable descanso de casa de aquel cauallero Ca-
listo.
MELIBEA.- Calla, por Dios, madre. No tray-
gan de su casa cosa para mi prouecho ni le
nombres aquÃ.
CELESTINA.- Sufre, señora, con paciencia,
que es el primer punto e principal. No se quie-