La Celestina
La Celestina go sentida tu llaga e calado tu desseo. Hame fuerte-
mente dolido tu perdición. Quanto más tú me querí-
as encobrir y celar el fuego, que te quemaua, tanto
más sus llamas se manifestauan en la color de tu
cara, en el poco sossiego del coraçón, en el meneo de
tus miembros, en comer sin gana, en el no dormir.
Assí que contino te se cayan, como de entre las ma-
nos, señales muy claras de pena. Pero como en los
tiempos que la voluntad reyna en los señores o des-
medido apetito, cumple a los seruidores obedecer con
diligencia corporal e no con artificiales consejos de
lengua, sufría con pena, callaua con temor, encobría
con fieldad; de manera que fuera mejor el áspero
consejo, que la blanda lisonja. Pero, pues ya no
tiene tu merced otro medio, sino morir o amar,
mucha razón es que se escoja por mejor aquello
que en sí lo es. [68]
ALISA.- ¿En qué andas acá, vezina, cada día?
CELESTINA.- Señora, faltó ayer vn poco de
hilado al peso e vínelo a cumplir, porque di mi
palabra e, traydo, voyme. Quede Dios contigo.
ALISA.- E contigo vaya.
ALISA.- Hija Melibea, ¿qué quería la vieja?
MELIBEA.- Venderme vn poquito de soli-