La Celestina
La Celestina CALISTO.- ¡O cómo me descontenta el oluido
en los moços! De mi mucho acuerdo en esta
noche e tu descuydar e oluido se haría vna ra-
zonable memoria e cuydado. ¿Cómo, desatina-
do, sabiendo quánto me va, Sempronio, en ser
diez o onze, me respondías a tiento lo que más
ayna se te vino a la boca? ¡O cuytado de mí! Si
por caso me houiera dormido e colgara mi pre-
gunta de la respuesta de Sempronio para
hazerme de onze diez e assí de doze onze, sa-
liera Melibea, yo no fuera ydo, tornárase: ¡de
manera, que ni mi mal ouiera fin ni mi desseo
execución! No se dize em balde que mal ageno
de pelo cuelga.
SEMPRONIO.- Tanto yerro, señor, me parece,
sabiendo preguntar, como ignorando respon-
der. Mas este mi amo tiene gana de reñir e no
sabe cómo.
PÁRMENO.- Mejor sería, señor, que se gas-
tasse esta hora, que queda, en adereçar armas,
que en buscar questiones.
CALISTO.- Bien me dize este necio. No quiero en
tal tiempo recebir enojo. No quiero pensar en lo que
pudiera venir, sino en lo que fue; no en [83] el daño,
que resultara de su negligencia, sino en el prouecho
que verná de mi solicitud. Quiero dar espacio a la